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Don Frankie

KEVIN HOLOHAN

Kevin Holohan

 

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(Por razones desconocidas esto se compuso en mi mente en español . Disculpad cualquier rasgo de “Spanglish.”)

El sábado 14 de mayo, 2022, perdí a un gran amigo. Trabajé como profesor de inglés en la academia de inglés de Frank Spain en Puertollano entre 1987 y 1992. Aprendí dos cosas rápidamente: ser cauteloso jugando al poker con él, que era experto, (aunque siempre decíamos que si jugara con gangsters de verdad le pegarían un tiro por tanto parloteo Runyonesco) y que nunca querrías que Frank entrase en tu aula durante una clase. Fue un profesor dotado y podía cautivar y embrujar desde una clase de críos de siete años hasta los adolescentes en plena edad del pavo hasta ingenieros o químicos al borde de la jubilación. Cuando él se iba del aula, fue como se hubiera esfumado la mágia, detenido la música y apagado la luz. Los alumnos se quedaban mirándote como diciendo “¿Y ahora qué? ¿A ti te tenemos que aguantar durante una hora más? ¡Qué rollo!”

Frank de una forma te involucraba en su propio mundo Quijotesco: su entusiasmo y su amor por España y la comarca te contagiaba. No puedo contar las excursiones: al Castillo de Calatrava, el Corral de Comedias de Almagro, las Cueva de Montesinos, (aún recuerdo el guía “No se caigan por ahí. No sabemos a dónde les llevaría el agua. Bajaron unos buceadores pero tuvieron que volver porque gastaron todo su oxigeno.” y yo sin saber nadar), las pinturas rupestres de Fuencaliente, el Río Frío con su puente escalofriante que fue nada más que tres cables paralelos para funámbulos, el pantano Montoro para ver los efectos de cinco años sin lluvia (una cosa alucinante para un Dublinense), la visita a Villaneuva de los Infantes dónde catamos la madre, un vino de 150 años, en una bodega subterránea, o simplemente un día en el campo en Los Pinos o El Valle de Alcudia: chuletas de cordero a la brasa con romero recogido del entorno. Hasta un rutinario viaje en coche a Ciudad Real para navegar el laberinto de papeleo en el Ministerio de Misterios se convertía en una aventura con las narraciones de Frank: su propia historia, la historia de Ciudad Real, de España, de Puertollano, del pueblo de al lado que figuraba en Don Quijote, la belleza de la palabra alfeizar: siempre se aprendía algo de sus peregrinaciones enciclopédicas. Y siempre vigilaba nuestro Spanglish: al notar construcciones españoles manifestándose en nuestro inglés (cosa no infrecuente) nos mandaba a leer Jane Austen.

Durante mis años en Puertollano me sentí evolucionar de empleado a amigo y de cierta forma, familiar de Frank. A las dos semanas de llegar a Puertollano mi padre murió inesperadamente y tuve que volver a Dublín. Frank me pagó el vuelo de ida y vuelta sin saber si iba a volver: “Tómate el tiempo que necesitas. Mantendré tu puesto aquí abierto el tiempo que haga falta.” Después de dos o tres semanas volví a Puertollano y paulatinamente me reincorporé a la vida cotidiana con la certeza de que Frank vigilaba mi fragilidad y se preocupaba por mí.

Llegué a Puertollano con mi mejor amigo Paul McDermott. Cuando Paul se enfermó, Frank lo alojó en su propia casa y su esposa Mari Carmen lo cuidó como si fuera su propio hijo. En cuanto a ser jefe: fuera de serie. Paul volvió a Dublín tras dos años en Puertollano y cuando se casó en Irlanda del Norte algunos años después, Frank y Mari Carmen asistieron a la boda. Cuando yo me celebré mi casamiento en Nueva York en 1997, Frank y Mari Carmen asistieron. Cuando comenté su fallecimiento a unos amigos que le conocieron a Frank por primera y única vez en mi boda, le recordaron bien y con afecto. Igual con los amigos que nos visitaron en Puertollano y lo conocieron. Así era Frank.

A través de los años y la distancia Frank y yo nos mantuvimos en contacto por correo (papel y electrónico), llamadas telefónicas y más recientemente vía llamadas en whatsapp: free, gratis and for nuthin’! Me contaba las noticias y chismorreos de la escuela, las hazañas de su familia, los acontecimientos en España. Me preguntaba por mi familia y por nuestros amigos. Nunca podía predecir a dónde conduciría nuestras conversaciones. Hablábamos de su nueva casa de campo con su huerta y últimamente la elaboración de su propia cerveza que se convirtieron en sus pasatiempos favoritos, su descubrimiento de puntas de flechas prehistóricas, su modelo de Stonehenge con techo y todo. Hablábamos de como, por mucho intentar, era imposible gastar mil pesetas en una noche de juerga en el Madrid de sus primeros años en España. Compartíamos nuestras frustraciones con el maldito búho de Duolingo, dónde los dos intentábamos resucitar nuestro gaélico. Hablábamos de la locura del catequismo al cual fuimos sometidos como críos en las escuelas de Irlanda. Hablábamos de sus esfuerzos entre 2009 y 2018 por parte de la Asociación Asperger de Castilla la Mancha donde luchaba por los derechos de los niños, consolaba y aconsejaba a padres y madres e intentaba educar a los educadores y administradores de la comarca. Un hombre de intereses numerosos, entusiasmo contagioso, vivirá, como dice George Bernard Shaw, en nuestras memorias de él que son muchas y felices y perdurarán. Su familia y sus amigos lamentamos su perdida pero no podemos sino agradecer el don de haberlo conocido y conocido su bondad, su sentido de humor, su gracia y su generosidad. Slán leat, Estimado Don Frankie, te echaremos mucho de menos and your likes will not be seen again!

Translation of foregoing

(For some reason this came to me in Spanish. Please forgive and traces of “Spanglish” that might occur.)

On Saturday, May 14 2022 I lost a great friend. I was an English teacher in Frank Spain’s language school from 1987 to 1992. I learned two things very quickly: to be careful playing poker with him because he was a shark (although we always said if he played with real gangsters they would shoot him for so much Runyonesque chatter); and you never wanted Frank to come into your classroom during a class. He was a gifted teacher and could charm and captivate any class be they seven-year-olds, surly teens or engineers or chemists on the verge of retirement. When he left the room it was like the magic had evaporated, the music stopped and the light dimmed. The students would sit there looking at you as if to say: “Now what? We have to put up with you for another hour? What a drag!”

Frank somehow drew you into his almost Quixotic world. His enthusiastic love of the locality and wider Spain were contagious. I can’t count all the trips we did: Calatrava Castle, Almagro and its beautiful open air courtyard theatre, the Cave of Montesinos (I still remember the guide cautioning us: “Don’t fall into that water. We don’t know where it would take you. Divers went in and had to come back. They ran out of oxygen.” And me who swam like a brick!), the cave paintings in Fuencaliente, the Río Frío with its hair-raising tightrope bridge, monitoring the effects of five years of drought on the Montoro reservoir (something unimaginable to a Dubliner), the visit to Villanueva de los Infantes where we sampled the 150-year-old madre, the wine that would be used to kick off the fermentation of the next year’s harvest, or simply a day out in Los Pinos or the Alcudia valley; lamb chops cooked over hot wood embers with fresh-picked rosemary. Even a humdrum drive to Ciudad Real to negotiate the Ministry of Mysteries’ bureaucratic maze would turn into an adventure with Frank’s story-telling: his own life story, the history of Ciudad Real, of Spain, of Puertollano, the nearby village that featured in Don Quijote, the beauty of the world alfeizar, there was always some new nugget in his encyclopedic ramblings. And of course, he was always on the lookout for Spanglish, frequently prescribing Jane Austen at the first signs of Spanish constructions inflecting our English.

During my years in Puertollano I sensed myself go from employee to Frank’s friend and, in a way, honorary family member. Two weeks after I arrived in Puertollano my father died unexpectedly and I had to return to Dublin. Frank gave me an open return ticket: “Take the time you need. I’ll keep your job open until you tell me not to.” Two or three weeks later I returned to Puertollano and gingerly started stepping back into the new normal of my life, certain that Frank was keeping a benign eye on me.

I arrived in Puertollano with my best friend Paul McDermott. When Paul got very ill, Frank took him into his own house and his wife Mari Carmen took care of him like he was family. A boss in a million. Paul spent two years in Puertollano and, when he got married in Northern Ireland some years after that, Frank and Mari Carmen came to the wedding. When I got married in New York in 1997 they came too. When I mentioned his death to friends who met him that one time, they remembered him well and fondly. Similarly with friends who visited Puertollano and met Frank; he left an indelible impression.

Over the years and in spite of the distance and our occasional meetings in Dublin or Spain, Frank and I stayed in touch by mail (electric and paper!), telephone calls and more recently free, gratis and for nuthin’ WhatsApp calls. He’d tell me the news and gossip from the school, family doings or comment of current events in Spain. He’d ask about my family and our mutual friends. It was impossible to know where these conversations would go. We’d talk of his house in the country with its “parterre of quince trees,” which turned into his favourite pastime and site most recently of his forays into beer-making, his discovery of megalithic arrowheads on the land, his model of Stonehenge (complete with roof!). He’d talk of how impossible it was to spend 1,000 pesetas on a night out in the Madrid of his early days in Spain, of the lunacy of the terrifying catechism we were subjected to as kinds in school in Ireland or we’d share our frustrations with that disrespectful ulchabhán on Duolingo where we were both trying to resuscitate our Irish. He’d tell me about his efforts between 2009 and 2018 when he formed the Asperger Association of Castilla la Mancha to advocate for the needs and rights of children and comfort and advise distraught parents and attempt to educate the educators and school administrators.

He was a man of many interests and infectious enthusiasm. He will live on, as George Bernard Shaw said, in our many happy and lasting memories of him. His family and friends mourn his passing but we cannot but to be thankful for the gift of knowing him and experiencing his decency, sense of humour, his charm and his generosity. Slán leat, Estimado Don Frankie, te echaremos mucho de menos and your likes will not be seen again!

 

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